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¡Luna… Luna! – Eso era lo que escuchaba en mi
mente, sabía perfectamente que me estaban llamando a mí, pero yo no podía
reaccionar. Tenía la mirada perdida hacia un punto fijo, pero mirando... mirando nada. A
lo lejos seguía escuchando mi nombre, como un eco retumbando en mi cabeza. Por
cierto, me dolía la cabeza. Con un pequeño esfuerzo, y digo pequeño porque no
tenía la voluntad de moverme, moví la mirada para reconocer el lugar. Vi una
plaza, oscura, con luces tenues y desértica, no había ni un ser humano, ni un animal al rededor. Pestañeé de manera muy lenta en el
intento de entender que era lo que estaba pasando, pero no lo logré. Bajé la
mirada y me vi parada en una esquina de la plaza, sola, con mis brazos colgando
a mis costados de manera inerte… ¿Podría caminar?, me pregunté, pero no, no
podía, estaba pegada al suelo como un monumento en la plaza. De repente, unas
luces fuertes y blancas se encendieron desde la otra punta de la plaza
encegueciéndome y tuve que cerrar los ojos de manera forzada. Me asusté, no
podía moverme, no podía hacer nada por mí y comencé a llorar. Mis lágrimas
caían sin recelo mojando mi rostro inmóvil, hasta que de repente sentí un golpe
brusco y seco en el medio del pecho que me sacudió el cuerpo entero, a continuación,
le siguió otro y otro más, hasta que finalmente logré abrir los ojos y tomé una
bocanada de aire como si me hubiera estado ahogando y ahí la vi, parada a mi
lado con una mirada llena de esperanza y me dijo, “Luna, volviste”.