Afuera llovía. No
porque lo supiera, sino porque todos los pasajeros llevaban puesto
impermeables, tenían paraguas y además estaban mojados y goteaban por doquier.
Miré a mi alrededor y no cabía ni un alfiler. El subte se movía de manera
silenciosa, como todo tren nuevo, y se mecía adormeciéndome. En uno de mis
pestañeos breves, justo en dirección recta desde donde estaba sentada, pude ver
por medio de unos largos brazos que se abrían dándome visión, una persona
leyendo. Si bien, en todos los subtes encontramos personas leyendo, éste me
llamó provocativamente la atención. Era
extremadamente atractivo, pero no como los modelos publicitarios, sino
atractivo en su postura, en su manera de vestir, en sus gafas que le daban un
perfil intelectual. Un libro en la mano derecha y la mirada concentrada en la
lectura, el pelo algo mojado y apenas un fruncimiento de ceño. Un pequeño mechón de pelo lacio y negro caía apenas sobre su
frente y cada tanto, con un leve movimiento, intentaba sacárselo de encima.
“Que hombre tan interesante”, pensé. ¿Qué estará leyendo? ¿Qué estilo le
gustará leer? ¿De qué color tendrá los ojos? Y en el mismo momento que lo
pensé, levantó su mirada y sus ojos de un color miel muy claros se clavaron en
los míos dejándome hipnotizada.
Llegamos a la próxima estación y el movimiento de la multitud que entraba
y salía del vagón me lo quitó de la visual sacándome del estupor en que me
había dejado. Cuando las puertas se volvieron a cerrar y el gentío se volvió a
quedar quieto en su lugar no pude resistir buscar un hueco que me permitiera
volver a verlo, pero para mi sorpresa y desilusión, cuando logré encontrar un
pequeño espacio, él ya no se encontraba allí.
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