Centro de Madrid,
contaminación, ruidos, coches, alquitranes flotantes, polvo pegajoso y espeso.
Allí están sin embargo, en ese banco ridículo que se inclina sobre el asfalto,
tomando un baño de sol urbano y ponzoñoso, mientras la ciudad vibra a su
alrededor con el ronquido de los colectivos.
Hago un gesto
con la mano dándome a entender que no me debería importar la escena que veo
desde la ventana del bar, de aquella pareja de palomas felices que se regodean,
una a la otra dándose caricias, y vuelvo a revolver mi café. Desde que me lo
trajeron creo que es la décima vez que lo hago. Mi mal humor constante y mi
impaciencia no me dejan pensar con claridad, me desvío en pensamientos sin
sentido como aquellas palomas que aún siguen disfrutando del sol, en vez de
concentrarme en lo importante. “¿Qué es lo que le voy a decir?”
Hace un año que
no la veo…mmm o un poco más, no lo recuerdo bien, da igual cuánto tiempo, lo
importante es que hace bastante que no la veo y al igual que la primera vez, me
siento nervioso como un adolescente que tiene una cita con la chica que le
gusta. Tomo un sorbo del café y vuelvo a mirar a la pareja de palomas, se las
ve tan felices…
-
Hola
Su voz dulce y
suave de siempre hizo que temblara en la mesa y tuviera que apoyar la tasa
lentamente sobre su diminuto platito para que no lo volcara y con anhelo en la
mirada la miré. Su rostro iluminado por su blancura hizo que la volviera a amar
con la locura que la amé la primera vez que la vi. Sus ojos azules me miraban
con dulzura y eso me desarmó vulnerándome por completo. Me levanté enseguida y
me acerqué para darle un beso en la mejilla, pero mi deseo por ella me
traicionó e hizo que fuera muy cerca de la comisura de su boca, cosa que la
hizo temblar, la sostuve entre mis brazos y la miré con intensidad intentando
transmitirle todo lo que sentía por ella no pudiéndolo hacer con palabras.
Pude oler su perfume y me estremecí al recordar cuando le acariciaba la piel y
la solté, obligándome a controlar mi cuerpo. Con un ademán la invité a que se sentara.
Le pedí otro café al mozo y un cortado para ella. Nos miramos varios minutos en
silencio, creo que no sabíamos por dónde empezar.
-
Te amo…
-
Me casé…
Dijimos ambos al
unísono. La confesión de ambos la dejó con la boca abierta a ella y a mí con el
corazón destrozado. Recordé las palomas y las miré, allí seguían.
-
Te fuiste
-
No me esperaste
-
No me lo pediste
Volvió el
silencio. El mozo trajo el café y el cortado.
-
¿Sos feliz?
-
No me preguntes
eso
-
¿Sos feliz,
Camila? – Mi tono ya era enfurecido aunque lo disimulara
-
¿Lo hubiera sido
contigo?
-
Te hubiera hecho
la mujer más feliz del planeta
-
Pero no lo
hiciste, todo lo contrario… te fuiste sin decirme nada y te lloré por mucho
tiempo… - La miré y no soporté ver su mirada entristecida y bajé la vista a mi
café – Alguien se encargó de hacerme sonreír otra vez, sabes? – No supe qué decir y
seguí en silencio - ¿Por qué volviste, Marco?
-
A recuperarte
-
Tarde
La seguridad en
su voz me desarmó el alma, mi corazón hizo un sonido en mi pecho indicándome
que se rompía aún más. Tragué saliva en el intento de soportar el dolor pero no
lo logré, era una punzada profunda y constante en el pecho. La miré una vez más, allí estaba, sus ojos se
habían endurecido y me miraban con un adiós en la boca que nunca pronunció. Se
levantó y no tuve el coraje de mirarla. Con lágrimas que, al fin, salían de una vez y
saciaban mi deshago, volví a mirar a las palomas que allí seguían, regodeándose.
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