viernes, 3 de febrero de 2017

Desayuno

A la mañana siguiente cuando me levanté escuché que se encontraba en la ducha. Me asomé por la ventana de la habitación y vi que llovía torrencialmente. Me dolía tremendamente la cabeza y noté que mis ojos estaban hinchados de tanto llorar. Esta situación debía cambiar de alguna forma, ya no podíamos seguir así, aunque me dolía profundamente, la decisión era definitiva. Caminé hasta la cocina y me senté, me sentía perdida en mi propia casa. Miré aturdida para todos lados y me volví a agarrar la cabeza con las manos, ¡Por dios, qué dolor de cabeza!, volví a pensar.  Al verlo entrar en la cocina recordé los gritos de anoche y lo mucho que nos lastimamos con palabras. Nunca había un tema puntual pero cualquiera era una buena excusa para comenzar la pelea.
Se acercó a la alacena, tomó una tasa y se sirvió café recién terminado de hacer, eso me indicó que estaba levantado desde hacía rato. Se acercó a la heladera, sacó el cartón de leche, le echó un poco a su café y la volvió a guardar. Le puso unas cucharadas de azúcar y lo revolvió.  Tomó un sorbo y se sentó a la mesa sin hablarme. Yo lo miraba atenta sin darme cuenta, creo que no podía creer a lo que habíamos llegado. Al segundo sorbo de café con leche, se encendió un cigarrillo. Sabía que detestaba que fumara a la mañana, claramente lo estaba haciendo a propósito. ¿Qué pretendía, que lo odiara más? Fruncí el ceño de la bronca y seguí mirándolo sin decir nada. En su siguiente pitada lanzó dos anillos de humo hacia un costado, aún continuaba sin mirarme y sin hablarme.  Su total indiferencia comenzaba a molestarme. ¿En qué momento comenzamos a tenernos tanto odio?, me pregunté. Volcó la ceniza en el cenicero y dio un último sorbo al café con leche,  se levantó, dejando que el cigarrillo se consumiera solo. Tocí porque me molestaba el humo, pero él, ajeno a todo lo que mí respecta, siguió sin mirarme y sin hablarme. Se puso el sobrero y el impermeable y sin mencionar siquiera una palabra, fue perdiéndose entre la lluvia que no paraba de caer.
Quedé unos segundos con la mirada perdida y la mente volando hacia algún lugar incierto pero sabiendo que la casa había quedado vacía, pero no porque él se había ido, sino porque estaba vacía desde hacía mucho tiempo y tardé demasiado en darme cuenta de ello.

Tomé mi cara entre mis manos y lloré.

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