Había
parado en una cafetería del pueblo, hacía un frío intenso y necesitaba tomar
algo caliente, a pesar de que la sangre le hervía dentro del cuerpo por el
ejercicio, necesitaba frenar, había comenzado a nevar.
Se
bajó de la bicicleta, la ató en el cartel del lugar y entró. La cafetería era
una cabaña con pequeñas mesas distribuidas por el salón, una barra larga hecha
de troncos y en el medio y al fondo un hogar de piedras con los leños
encendidos. Al entrar, sonaron las campanillas que colgaban de la puerta dando
anuncio a su entrada, pero sólo una de las meseras lo miró, dio un paneo con la
mirada y luego eligió sentarse en una
esquina junto a la ventana para tener visualizada su bicicleta. Aún no conocía
bien el pueblo, su gente, y sus costumbres, hacía tan solo una semana que se
había mudado a causa de un traslado de la compañía que él mismo había solicitado.
Al
acercarse la mesera le pidió un café con leche con dos medialunas, luego sacó
la laptop de la mochila, la enchufó al toma que había debajo de la mesa y se
quedó contemplando como caía la nieve mientras se encendía. “Qué belleza”,
pensó. Suspiró complacido por el lugar elegido y comenzó a trabajar. Primero
chequeó los mails importantes y los respondió. Cuando terminó se puso con el
bendito reporte que le había pedido su jefe. Desde que había puesto un pie en
el sur que venía trabajando en ese reporte, era interminable.
Pocos
minutos después, la mesera le trajo el café con leche con las medialunas. Cuando
terminó de acomodar cuidadosamente todo en un costado, él le agradeció sin
mirarla, no quería desconcentrarse en el cálculo que estaba haciendo. Al
finalizar la fórmula apretó enter, miró en sus anotaciones y como el resultado
coincidía decidió, ahora sí, ponerle azúcar al café con leche. Tomó dos
sobrecitos, los juntó hasta que sus bordes coincidieran, y los abrió. Mientras volcaba el azúcar en la tasa miró
hacia adelante y sus pupilas se dilataron al encontrarse con unos hermosos ojos
azules que miraban distraídos hacia afuera, justo en la mesa frente a él.
La
observó con detalle aprovechado su distracción y vio que su pelo era de un
negro azabache y de un lacio extremo. Sus facciones eran delicadas, sutiles.
Cuando miró su boca ella la humedeció pasando su lengua por su labio inferior y
luego se lo mordió de manera inconsciente. En ese momento la deseó. Ella percibió que alguien la miraba y lo
miró. Sus ojos se encontraron y para sorpresa de él, ella le sostuvo la mirada
y con timidez le sonrió. Esa sonrisa lo desarmó. ¿Podía haber en una mujer
tanta belleza, ternura y seducción y notarlo en solo un instante?, pensó
confuso y también le sonrió con timidez.
Intentó
seguir con lo suyo, revolvió el café con leche y la volvió a mirar, ella
también lo hacía. Un juego de miradas comenzó sin planearse y no pudiendo
volver a concentrarse en el reporte le preguntó por medio de una seña si podía
sentarse junto a ella. Ella desorbitó sus ojos azules por la sorpresa y él se
rió. Insistió una vez más y ella aceptó. Cerró la laptop, la guardó en la
mochila, agarró su abrigo, su taza con café con leche a medio tomar y se sentó
en la mesa justo frente a ella. Mientras se acomodaba ella lo miraba atenta sin
moverse, se notaba que estaba nerviosa. Cuando finalmente se acomodó, la miró y
sus ojos azules lo volvieron a cautivar, ella le sonrió con dulzura y timidez.
- - Fernando – le
dijo acercándole su mano para que se saludaran cordialmente
- - María – y le
estrechó la mano
Su
primer contacto lo cautivó aún más y se demoró en soltarla. Quedaron algunos
segundos en silencio sin saber qué decir y al unísono quisieron hablar y se
rieron porque ambos callaron para dejar hablar al otro. Fernando le hizo el
ademán dándole lugar a que ella comenzara a hablar.
- - Sos nuevo en el
pueblo – Le dijo confirmándolo - ¿Estás de paso?
- - Sí, hace una
semana que llegué, pero no estoy de paso. Me trasladaron de mi compañía
- - Ah… ¿Y te gusta?
- - Mucho – Le
respondió sin dejar de mirarla - ¿Vos?
- - Soy de acá… nací
acá. Trabajo en la “Vinoteca del Sur”, soy enóloga… ¿La conocés?
- - No… pero me
gustaría
Volvió
el silencio.
- - Debo irme
Fernando
se desesperó, no quería que se fuera, quería saber más de ella, tenerla cerca
pero tampoco quería asustarla
-
- ¿Puedo acompañarte? – Ella se sorprendió ante
su ofrecimiento
- - Nieva y vine
caminando… son algunas cuadras
Él
miró su bici y la volvió a mirar a ella
- - Yo también vine
caminando – mintió. Ella sonrió y asintió.
Ambos
se abrigaron y salieron luego de pagar la cuenta. Caminaron una cuadra en
silencio, él no sabía qué decirle, nunca se había sentido así con una mujer, ni
siquiera con Samanta que a pesar que durante años los que estuvieron en pareja
él se sintió enamorado, no se asemejaba en nada de lo que le provocaba María.
- - No conozco bien
el pueblo
- - Puedo hacerte un
tour cuando lo desees, no trabajo durante la mañana, las guías comienzan
después del mediodía.
- - Me encantaría… -
Le sonrió
Ella
le sonrió satisfecha, nunca imaginó que un hombre tan atractivo como él podría
aceptar una invitación de ella. Él por su parte estaba más que complacido por
que ella se hubiera ofrecido en mostrarle su pueblo, de esa manera tendría más
tiempo para pensar con claridad y ver la manera de conquistarla. Cuando
llegaron a la puerta de la vinoteca se despidieron con un beso en la mejilla y
pudo oler el aroma de su piel. “Vainilla”, se dijo para sí.
- - ¿Te parece
mañana?
- - Sí, claro… ¿A
las nueve está bien?
- - Perfecto
Al
día siguiente mientras se cambiaba para su cita matutina miró la bici. “Hoy no
te voy a usar”, le dijo sonriente.
Al
llegar a la puerta de la cafetería, chequeó el reloj y aún quedaban cinco
minutos para las nueve. Se puso ansioso y por un momento temió que ella no
fuera.
- - Hola – dijo ella
con un sonrisa
- - Hola – dijo él respondiéndole
de la misma manera.
María
le mostró los lugares más importantes e históricos del pueblo, le contó un poco
de su historia y le señaló dónde se encontraba el banco, el hospital y la
comisaría. Se sorprendía que todo estuviera tan cerca y ella sonreía por su
sorpresa y expresiones.
Llegado
el mediodía la acompañó hasta la vinoteca y antes de despedirse la invitó a
cenar en agradecimiento por el tour. Ella dudó un poco pero finalmente aceptó.
A
la noche volvieron a encontrarse en el mismo lugar y fueron a restaurant que a
él ya había ido cuando apenas llegó al pueblo. La cena fue amena hasta
inclusive divertida, comenzaban a conocerse de a poco y se sentían a gusto uno
en la compañía del otro.
Fernando
ofreció acompañarla hasta su casa y ella aceptó. No fueron muchas cuadras las
que caminaron, pero en ningún momento dejaron de hablar y reírse. Cuando
llegaron a la puerta de su casa, Fernando la miró con intensidad y notó su
vulnerabilidad, le sonrió, con sus manos tomó su pequeño rostro y la besó. Sus
bocas se fundieron en un fuego que les nacía desde adentro y el deseo entre
ambos se hizo palpable enseguida. Al separarse se miraron y ella respiraba con
dificultad por la excitación que le provocó un simple beso.
- - No te conozco… -
Dijo finalmente
- - Iremos despacio
– Dijo él y la volvió a besar
Durante
una semana se vieron todos los días, durante la mañana se juntaban para
desayunar y a la noche a cenar. En cada
encuentro, además de conocerse, alimentaban el deseo en cada beso que se daban,
hasta que una noche no se resistieron más y María lo hizo pasar a su casa.
Hicieron el amor de la manera más tierna, él la cuidó en cada momento y la hizo
sentir la mujer más deseada. Su conexión fue inmediata y ambos quedaron
exhaustos y enseguida se durmieron. Cuando Fernando se despertó, se sintió el
hombre más feliz. Se levantó, se cambió y le dejó una nota a María diciéndole
que iba por medialunas para desayunar.
Fue
hasta su casa, agarró su bicicleta y pedaleó hasta el acantilado más cercano.
Desde
que había llegado al pueblo, semanas atrás, todos los días salía a andar en
bicicleta para descargar el stress que tenía acumulado. En Buenos Aires, los
médicos que lo venían tratando le habían aconsejado que empezara a bajar su
ritmo de vida porque de lo contrario no iba a durar mucho en este mundo. Le
aconsejaron que hiciera ejercicio para poder descargar la tensión acumulada de
su rutina diaria. Fue ahí cuando Fernando pidió su traslado, le dio miedo
perder todo lo que había logrado con tanto sacrificio, mudándose al sur se daba
la oportunidad de comenzar una nueva vida de paz. Apenas llegó al pueblo, su
primera compra había sido la bicicleta, con la cual hacía dos horas de
ejercicios diario para descargar la tensión del día, tal cual le había
recomendado el médico… hasta ese día, que conoció a María.
Cuando
llegó al acantilado tomó su bici y la tiró. Y con una enorme sonrisa en el
rostro, se dijo, “No te necesito más… ya encontré la paz que necesitaba”,
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