Tomo
un sorbo de mi café mientras miro por la ventana, el cielo está impecable sin
una nube y el clima está ideal para andar en bicicleta. No lo dudo ni un minuto
más, dejo la taza en la mesa y me dirijo al cuarto de “guarda cosas”, como
suelo llamar a la habitación que se encuentra sin uso en la casa, en busca de
mi bici. Busco en un rincón y ahí está tapada con una sábana vieja y de los
manubrios le cuelgan bolsas, carteras que ya no uso y demás cosas.
Comencé
por sacarle todo lo que le colgaba, luego la sábana hasta que finalmente logré retirarla
del rincón donde se encontraba. Le sacudí el polvo que tenía acumulado del
invierno con un plumero, le chequeé que las ruedas estuviesen en condiciones y
cuando me aseguré que todo estaba en orden la dejé preparada en la entrada de
casa.
Feliz por la decisión tomada, preparé una
mochila para no tener que llevar una cartera y me resulte incomoda en el viaje
y me la calcé al hombro, me coloqué los auriculares en la orejas, le di play a
mi Ipod con música tranquila para empezar el día y emprendí mi viaje hacia mi
trabajo.
Miro
la hora y son casi las ocho de la mañana, la calle ya está atestada de tráfico
y de gente deambulando, bueno… en realidad de gente cumpliendo con su rutina
diaria… menos yo que hoy decidí cambiarla. Para evitarme todo ese enjambre de
stress que no le va a hacer bien a mi plan decidí cambiar el camino que hago
habitualmente con el auto y me metí por las calles internas zigzagueando por
unas y por otras.
En
el trayecto recuerdo que a unas diez cuadras antes de llegar a destino hay un
parque gigante lleno de arboledas de antaño con ramas larguísimas que caen a
los costados dejando caminos de gazebos naturales. Sonrío del entusiasmo que me
genera el ir a pasear con mi bici por entre medio de ese mini bosque así que
acelero mi pedaleo para poder llegar más rápido.
Al
entrar al parque noto que está desolado, me saco los auriculares y disfruto de
ese silencio reinante que me genera paz y tranquilidad. Me bajo de la bici y
decido caminar.
A
medida que paseo respiro profundo para llenarme de la frescura de su aroma,
muchos de los árboles se encuentran floridos por la primavera. Me distraigo
mirando hacia sus copas por la inmensidad de su belleza hasta que mi
distracción se esfuma al oír llorar.
Busco
en el parque el llanto apagado de una mujer hasta que lo encuentro. Mi ser
completo queda inmovilizado al instante, mis ojos bien abiertos comienzan a ver
toda la escena.
Él
es robusto y la tiene completamente acorralada contra unos de los árboles, ella
llora casi en silencio mientras él aprieta su cuello sin consuelo. Mientras le
habla al oído aprieta cada vez más y más, sus ojos comienzan a ensangrentarse
por la presión y no paran de llorar, su mirada está fija en los suyos. Ella
sabe que le llega el fin, él presiona un poco más hasta que ella deja por fin
de respirar. Su mano robusta la suelta y el cuerpo menudo de ella cae
desmoronándose sin vida sobre el pasto húmedo.
¡Dios
mío! ¡¿Que estoy viendo?! , pienso.
Él da unos pasos hacia atrás y gira en mi
dirección, sus ojos se cruzan con los míos mientras yo aún sigo inmóvil
agarrada con fuerza de mi bici.
En
su primer movimiento camina hacia mí y reacciono al instante. Como puedo y de
manera muy torpe me subo a la bici y comienzo a pedalear lo más rápido que mis
piernas me lo permiten, mi corazón está acelerado y tengo la sensación de que
se me va a salir por la boca. Ya no puedo reprimir tanta angustia con lo que
acabo de ver y comienzo a llorar sin consuelo, las lágrimas me ruedan por las
mejillas sin cesar. Cada tanto miro hacia atrás y lo veo corriendo a toda velocidad
en el intento de alcanzar la bici. La sensación que me invade todo mi ser es indescriptible.
-
Por dios! No quiero
morir, no de esa forma, no como ella. – me repito a cada instante
Pedaleo
y pedaleo, el camino se ve como si fuera un túnel sin fin, quiero llegar a la
salida del parque, mis piernas se están empezando a entumecer pero no voy a
parar, no hasta sentirme a salvo.
Por
fin lo logro y salgo del parque, doy una última mirada hacia atrás pero ya no
lo veo. Sigo pedaleando hasta la avenida principal. Quiero encontrar un policía
que me ayude.
Tengo
la suerte de encontrar uno en la primer esquina, bajo torpemente de la bici
dejándola tirada en el medio de la calle y me abalanzo sobre él. Cuando alcanzo
a estar frente al oficial caigo en el piso llorando sin poder emitir palabra.
El policía se arrodilla en mi auxilio y todo a mí alrededor se convulsiona
aceleradamente y me desvanezco.
Abro
mis ojos con desesperación, con un grito seco y lleno de angustia me incorporo casi
de inmediato, sin entender qué es lo que está pasando. Noto que estoy empapada
en sudor y comienzo a mirar hacia todos lados para reconocer el lugar donde me
encuentro. Luego de unos segundos desesperados comienzo a tranquilizarme al
darme cuenta que tengo puesto mi pijama, que me encuentro en mi cama y en el
resguardo de mi cuarto.
Me
recuesto de nuevo con la tranquilidad que solo fue una pesadilla y espero unos
segundos para recuperarme por completo.
Una
vez calmada, decido levantarme, no tengo cerca mi reloj con lo cual no sé qué
hora es, ni siquiera tengo claro si es la mañana o la tarde, pero sé con
seguridad que es de día porque el sol aún entra por la ventana del cuarto.
Me
dirijo a la cocina para tomar un vaso de agua y cuando paso por el living veo
la bici apoyada en la pared junto a la puerta de entrada. Me paralizo y el
corazón comienza a latir con fuerza, comienzo a acercarme a paso lento por
miedo a descubrir la verdad. Al mirarla le descubro rayones que antes no tenía
e instintivamente me miro las rodillas y comienzo a angustiarme cuando veo que
las tengo lastimadas…
-
Marcela… - me llama
mi madre y giro en un solo movimiento en su dirección buscando respuestas –…hija,
no llores, vas a ver que todo va a salir bien…
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