lunes, 6 de febrero de 2017

El destino

Tomo un sorbo de mi café mientras miro por la ventana, el cielo está impecable sin una nube y el clima está ideal para andar en bicicleta. No lo dudo ni un minuto más, dejo la taza en la mesa y me dirijo al cuarto de “guarda cosas”, como suelo llamar a la habitación que se encuentra sin uso en la casa, en busca de mi bici. Busco en un rincón y ahí está tapada con una sábana vieja y de los manubrios le cuelgan bolsas, carteras que ya no uso y demás cosas.
Comencé por sacarle todo lo que le colgaba, luego la sábana hasta que finalmente logré retirarla del rincón donde se encontraba. Le sacudí el polvo que tenía acumulado del invierno con un plumero, le chequeé que las ruedas estuviesen en condiciones y cuando me aseguré que todo estaba en orden la dejé preparada en la entrada de casa.
 Feliz por la decisión tomada, preparé una mochila para no tener que llevar una cartera y me resulte incomoda en el viaje y me la calcé al hombro, me coloqué los auriculares en la orejas, le di play a mi Ipod con música tranquila para empezar el día y emprendí mi viaje hacia mi trabajo.
Miro la hora y son casi las ocho de la mañana, la calle ya está atestada de tráfico y de gente deambulando, bueno… en realidad de gente cumpliendo con su rutina diaria… menos yo que hoy decidí cambiarla. Para evitarme todo ese enjambre de stress que no le va a hacer bien a mi plan decidí cambiar el camino que hago habitualmente con el auto y me metí por las calles internas zigzagueando por unas y por otras.
En el trayecto recuerdo que a unas diez cuadras antes de llegar a destino hay un parque gigante lleno de arboledas de antaño con ramas larguísimas que caen a los costados dejando caminos de gazebos naturales. Sonrío del entusiasmo que me genera el ir a pasear con mi bici por entre medio de ese mini bosque así que acelero mi pedaleo para poder llegar más rápido.
Al entrar al parque noto que está desolado, me saco los auriculares y disfruto de ese silencio reinante que me genera paz y tranquilidad. Me bajo de la bici y decido caminar.
A medida que paseo respiro profundo para llenarme de la frescura de su aroma, muchos de los árboles se encuentran floridos por la primavera. Me distraigo mirando hacia sus copas por la inmensidad de su belleza hasta que mi distracción se esfuma al oír llorar.
Busco en el parque el llanto apagado de una mujer hasta que lo encuentro. Mi ser completo queda inmovilizado al instante, mis ojos bien abiertos comienzan a ver toda la escena.
Él es robusto y la tiene completamente acorralada contra unos de los árboles, ella llora casi en silencio mientras él aprieta su cuello sin consuelo. Mientras le habla al oído aprieta cada vez más y más, sus ojos comienzan a ensangrentarse por la presión y no paran de llorar, su mirada está fija en los suyos. Ella sabe que le llega el fin, él presiona un poco más hasta que ella deja por fin de respirar. Su mano robusta la suelta y el cuerpo menudo de ella cae desmoronándose sin vida sobre el pasto húmedo.
¡Dios mío! ¡¿Que estoy viendo?! ,  pienso.
 Él da unos pasos hacia atrás y gira en mi dirección, sus ojos se cruzan con los míos mientras yo aún sigo inmóvil agarrada con fuerza de mi bici.
En su primer movimiento camina hacia mí y reacciono al instante. Como puedo y de manera muy torpe me subo a la bici y comienzo a pedalear lo más rápido que mis piernas me lo permiten, mi corazón está acelerado y tengo la sensación de que se me va a salir por la boca. Ya no puedo reprimir tanta angustia con lo que acabo de ver y comienzo a llorar sin consuelo, las lágrimas me ruedan por las mejillas sin cesar. Cada tanto miro hacia atrás y lo veo corriendo a toda velocidad en el intento de alcanzar la bici. La sensación que me invade todo mi ser es indescriptible.
-          Por dios! No quiero morir, no de esa forma, no como ella. – me repito a cada instante
Pedaleo y pedaleo, el camino se ve como si fuera un túnel sin fin, quiero llegar a la salida del parque, mis piernas se están empezando a entumecer pero no voy a parar, no hasta sentirme a salvo.
Por fin lo logro y salgo del parque, doy una última mirada hacia atrás pero ya no lo veo. Sigo pedaleando hasta la avenida principal. Quiero encontrar un policía que me ayude.
Tengo la suerte de encontrar uno en la primer esquina, bajo torpemente de la bici dejándola tirada en el medio de la calle y me abalanzo sobre él. Cuando alcanzo a estar frente al oficial caigo en el piso llorando sin poder emitir palabra. El policía se arrodilla en mi auxilio y todo a mí alrededor se convulsiona aceleradamente y me desvanezco.

Abro mis ojos con desesperación, con un grito seco y lleno de angustia me incorporo casi de inmediato, sin entender qué es lo que está pasando. Noto que estoy empapada en sudor y comienzo a mirar hacia todos lados para reconocer el lugar donde me encuentro. Luego de unos segundos desesperados comienzo a tranquilizarme al darme cuenta que tengo puesto mi pijama, que me encuentro en mi cama y en el resguardo de mi cuarto.
Me recuesto de nuevo con la tranquilidad que solo fue una pesadilla y espero unos segundos para recuperarme por completo.
Una vez calmada, decido levantarme, no tengo cerca mi reloj con lo cual no sé qué hora es, ni siquiera tengo claro si es la mañana o la tarde, pero sé con seguridad que es de día porque el sol aún entra por la ventana del cuarto.
Me dirijo a la cocina para tomar un vaso de agua y cuando paso por el living veo la bici apoyada en la pared junto a la puerta de entrada. Me paralizo y el corazón comienza a latir con fuerza, comienzo a acercarme a paso lento por miedo a descubrir la verdad. Al mirarla le descubro rayones que antes no tenía e instintivamente me miro las rodillas y comienzo a angustiarme cuando veo que las tengo lastimadas…

-          Marcela… - me llama mi madre y giro en un solo movimiento en su dirección buscando respuestas –…hija, no llores, vas a ver que todo va a salir bien…

No hay comentarios.:

Publicar un comentario