“Dentro de escasos minutos ocupará
con elegancia su lugar ante el piano. Va a recibir con una inclinación casi
imperceptible el ruidoso homenaje del público. Su vestido, cubierto de
lentejuelas, brillará como si la luz reflejara sobre él, el acerado aplauso de
las ciento diecisiete personas que llenan esta pequeña y exclusiva sala, en la
que mis amigos aprobarán o rechazarán – no lo sabré nunca – sus intentos de
reproducir la más bella música, según creo, del mundo.” Mientras
espero que eso suceda me mantengo detrás del cortinado del palco principal, mi
palco. Siento que mis palpitaciones comienzan a acelerarse por la ansiedad que
me genera el solo verla luego de tanto tiempo. Respiro profundo. ¡Wow! Sonrío y
sacudo el cuerpo, estoy nervioso. Sólo dios sabe
todo lo que hice porque hoy estuviera aquí sin que se enterara quien la
convocó.
Las luces comienzan a atenuarse. Llegó el momento. Sale
al escenario, se para en medio, justo en frente del piano y saluda al público
que la ovaciona. Se me cae una lágrima que rueda lentamente hasta mi mentón
para luego perderse en el rojo sangre de la alfombra. “Cómo te extrañé mi
querida Malena… pensé que nunca más volvería verte”, dije en un susurro. Su
piel blanca seguía tan firme como la recordaba. Su boca, de labios gruesos, llevaba
un brillo color carmesí que se llegaba a ver desde lejos.
Se sentó en el piano, acomodó su vestido y luego,
cuando el silencio reinó en la sala, comenzó a tocar. Su música me envolvió
como un manto y acarició mi alma llenándola de nostalgia, tantos recuerdos
junto a ella.
El concierto duró alrededor de unos cuarenta y cinco
minutos, que a mi parecer fueron tan solo cinco. Al terminar, volvió a pararse
en medio del escenario y saludó a su público igual que al principio.
Me apuré por los pasillos para llegar antes que ella a
los camarines, debía enfrentar los tantos años de cobardía.
-
Dile que la espero dentro – Le
dije a quien le había asignado para que la cuidara. Con apenas un movimiento de
cabeza, me dijo que sí.
Al entrar, enseguida reconocí su perfume e inspiré profundo para llenar
mis pulmones de él, aún seguía usando el mismo, ese, el que me cautivaba cada
vez que la tenía cerca. Miré a mí alrededor. El lugar arrebataba de sus cosas. Me
acerqué al perchero y acaricié sus prendas colgadas de manera tímida una al
lado de la otra, apenas rosándolas con las yemas de los dedos, recordando
cuando lo hacía sobre su piel. Caminé hasta su silla y me miré al espejo.
Estaba viejo, arrugado, el tiempo había pasado y nunca había tenido la valentía
de decirle que la amaba con locura y que hubiera dado la vida solo por haber
estado a su lado. No tuve el coraje de seguirla aunque me lo imploró con
lágrimas en los ojos. ¿¡Qué podía hacer maldita sea?!, me dije conteniendo las
lágrimas y descargando la bronca mientras apretaba con fuerza el respaldo de la
silla, dejando que mis nudillos se volvieran blancos de las fuerza. Ella era
joven y tenía toda una carrera por delante, yo, ya estaba casado, tenía una
vida hecha y era linda y armoniosa. Mis hijos no me lo hubieran perdonado
nunca, y no los quería perder… y Clotilde… Clotilde era una buena mujer que no
se merecía que la dejara, ella me amaba, no lo podía traicionar. ¡Qué cobarde
fui!
-
¿Miguel?
Al escuchar su voz suave y desconcertada, mi cuerpo se paralizó, todos
mis músculos se tensionaron y mi corazón comenzó a desbocarse dentro de mi
pecho. Lentamente comencé a darme vuelta, debía enfrentar su mirada, debía
saber qué decían sus ojos luego de haberla dejado ir. Cuando lo hice, lo hice
con timidez pero mis miedos se esfumaron en segundos cuando vi que su mirada
era dulce y llena de vida. Me sonrió con ternura y me extendió su mano para que
se la tomara, ahí fue cuando supe que aún me seguía amando.
AAAAAAAH HERMOSOOOO,SIEMPRE NOS HACES SUSPIRAR,Y CON GANAS DE SEGUIR LLEYENDO, GRACIAS POR EL REGALITO.
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